Materia oscura
Daniel Guzmán
Del 26 de enero al 22 de abril de 2012

Subiendo muy temprano por la montaña del cerro de Tosolulu, como le llaman coloquialmente en Yosondúa a la montaña que sirve de “cabecera” al pueblo, para visitar la tumba de mi madre que se halla sobre una pequeña parte de la misma, y mientras jalo aire por el esfuerzo de correr ese camino empinado que se abre en una pequeña parte de su dura monumentalidad, evoco que no pocas veces en ese mismo cerro, la idea de lo pequeño y lo frágil que somos se me ha insinuado varias veces en mi vida. Será que al caminar solo a esa hora de la mañana se me ha mostrado tan claramente que no puedo evitar notarlo. En ese momento la luz del sol todavía no barre con su calor la carne de la montaña, solo un leve eco dorado se deja ver entre los árboles y las piedras, mudos y estoicos acompañantes de mis pasos. Están también los pájaros que ya dejan sonar sus primeros cantos matutinos.

El sonido de su canto y el viento que corre por la montaña atravesando el panteón, me trae otro recuerdo : yendo una vez con mi abuelo a cortar leña al mismo cerro, siendo yo un niño de 8 ó 9 años más o menos, perdí de vista por unos momentos el camino por el cual subíamos y me quedé estancado en medio de varias posibles rutas del camino hacia la cima del cerro. Me entró un miedo terrible y por mas que grité, llamando a mi abuelo, sólo recibí la muda respuesta del silencio del bosque y de una presencia totalmente inesperada: un coyote que me miraba extrañado a no muy lejana distancia. Me llené de terror pues nunca había observado a un coyote en ese paisaje, sólo había escuchado su canto lejano al caer la noche sobre el pueblo.

A mí nunca me han gustado los perros, pero en el pueblo de mi madre y en medio de las labores de la vida diaria del campo comparten el mismo estoicismo que sus dueños y además son reservados, silenciosos, bastante recelosos de todo el mundo, hasta de sus amos. En casa de mis abuelos tuvimos al Canelo y al Retumbo que vivieron muchos años al igual que varios de mis parientes, entre ellos mi bisabuela Sabina, que estaba inválida de sus piernas y que vivió gran parte de sus 103 años postrada en un petate, tomando el sol, platicando y fumando sus cigarros en el patio de su casa. Transmitía una calma serena y limpia como el cielo del pueblo.

Es poco mas de un año del fallecimiento de mi madre, y el viaje a su pueblo en Oaxaca todavía duele, y todo lo que me rodea ahí: la casa de mi abuela, el paisaje, la gente, la luz, la comida, el olor del campo, me trae su imagen, su recuerdo. Con el paso del tiempo esa imagen y recuerdo se han convertido en materia oscura. Una interrogante acerca del sentido de las cosas que hago, del rumbo que ha tomado mi vida, de cómo me relaciono con la gente, con mis deseos y mis sentimientos. Siempre me he sentido un extraño en esa tierra al igual que en la Ciudad de México, pero es algo dentro de mi y no de la geografía ni de la gente con la que me ha tocado vivir lo que escinde mi ser. Nada de lo haga o diga con mi trabajo o con este texto podrá evocar de una manera plena lo que siento.

Esta muestra es un viaje íntimo, personal y solitario a través de esa materia oscura que es la vida misma y que es parte importante de la luz que nos rodea, esa luz que son el cariño, la amistad, la compañía, la solidaridad y el amor de mis padres y mis hermanas, de mis familiares, de mis amigos y de las mujeres que me han amado aún sin merecerlo, que son la luz de la oscuridad que sostiene a las estrellas, las galaxias en el universo y es esta materia oscura el misterio que debemos resolver en nuestra vida…

Casi la totalidad de la obra fue pensada y construida en Oaxaca a lo largo del año pasado: escultura, dibujo y video. Con excepción de la pieza que abarca los dos patios exteriores del MAZ, que fue hecha especialmente para el sitio.
Daniel Guzmán